El monstruo es el Otro: Por una inclusión de lo diferente
Palabras clave: inclusión, otro, monstruo, diferente y amor.

Resumen
Este artículo propone una reflexión sobre las posibilidades de inclusión del “Otro”, considerado aquí como diferente. Si bien el término Otro se utiliza en múltiples áreas del conocimiento, aquí lo interpreto como alteridad, idea que se opone a la identidad y se refiere a otro, considerado como algo, y ese algo, como diferente, pues alude a otro ser u otro ente más que a uno mismo. A manera de metáfora, para referirme a el Otro utilizo como sinónimo la palabra “monstruo”. Y para desarrollar este artículo me apoyo en los textos Totalidad e infinito de Emmanuel Levinas, y Esencia y formas de la simpatía de Max Scheler. Esto, con la finalidad de lograr una inclusión coherente, con base en el amor a lo diferente.

El monstruo es el Otro en una sociedad atascada en la apariencia. Y no es casualidad que llega un punto en que el monstruo es consciente de que la diferencia es la causa de su rechazo. El monstruo puede ser una víctima, una metáfora de la intolerancia que se asume como síntoma del peligro que representa lo diferente. Y si lo diferente se clasifica en el orden de lo monstruoso, entonces conjuga elementos complejos, como lo religioso, lo moral, lo marginal y el castigo, y su presencia configura un hito que tiene matices en la historia y la cultura contemporánea, donde la irrupción de lo diferente termina aceptándose como principio rector del comportamiento público y privado. De este modo, la idea de control aparece con más fuerza para apagar la subversión de las llamas del monstruo y enviarlo al desagüe.

El miedo al monstruo, como encarnación del mal, sigue alimentando los prejuicios de una sociedad basada en la norma de la razón y el orden. Por ejemplo, Frankenstein (1818), la novela de Mary Shelley, puede leerse como una metáfora que nos lleva a indagar sobre los horrores de la condición humana y su actitud hacia el ser diferente. Sin embargo, desde otra perspectiva, la figura del monstruo puede abrir otras dimensiones, como el amor que lleva a la aceptación del Otro. En Freaks (1932), la película de Tod Browning interpretada por personas con deformidades físicas reales, los verdaderos monstruos son los considerados normales, y el amor fraternal supera la traición.
Cabe aclarar que me refiero al amor como sentimiento consciente, no limitado a meras sensaciones, sino que, en sentido originario, pertenece a una dimensión espiritual.
Una conducta puramente ‘sensible’, por ejemplo, con un ser humano es al mismo tiempo una conducta absolutamente falta de amor y fría. Coloca, en efecto, al otro, necesariamente, al mero servicio de la propia sensibilidad, de su uso y —a lo sumo— de su goce. Pero semejante conducta es de otro punto incompatible con cualquier especie de intención de amor hacia el otro en cuanto es el otro. (Scheler, 1957, p. 226.)

De algún modo, el cineasta Guillermo del Toro recoge esta fórmula en varias de sus películas para presentarnos la monstruosidad de los normales y, al mismo tiempo, la humanidad de los monstruos; además, nos enseña que el amor es lo único que puede salvarnos de la maldad humana.
El amor al que Scheler se refiere no es un sentimiento banal, sino aquello que se siente por un ser único, orientado por unos valores que no coinciden con los de otro ser, de aquí su diferencia. Se trata, pues, de un amor que rebasa los fútiles deseos de la carne y se eleva al ámbito de lo espiritual. Como el amor que se da entre Esmeralda y Quasimodo, personajes de Nuestra señora de París (1831), la novela de Víctor Hugo (definitivamente no me refiero a la película de Disney); otro ejemplo es el amor entre Hellboy y Liz Sherman, protagonistas de la saga Hellboy (2004 y 2008) de Guillermo del Toro. Y, por supuesto y sin lugar a duda, no podía faltar el amor entre Amphibian Man y Elisa Esposito, personajes de La forma del agua (2017), también de Guillermo del Toro. Ejemplos los hay muchos; pero lo que quiero resaltar es que Scheler no se refiere a un amor basado en las apariencias, sino a los valores de un amor ideal, el cual interpreto como un amor fantástico, porque, si bien es cierto que en el monstruo se acentúa lo diferente, también es cierto que la fantasía es una experiencia única. En este sentido, ¿qué más da no ser como los normales?


Además, no olvidemos que en la antigua Grecia el monstruo tiene un marcado simbolismo, en cuyo terreno sobresalen las hazañas de los dioses y los héroes, la eterna lucha entre el bien y el mal que conforma parte de su sistema de creencias y es, por lo tanto, indispensable en la evolución del mundo griego. Al respecto, por un lado, tenemos una imagen idealizada representada por valores positivos de perfección, que se relacionan con lo bello y lo bueno; pero, por otro lado, la civilización griega no sólo estaba obsesionada con la belleza, sino también con la fealdad, la perversión y la muerte. No por nada en su mitología abundan la crueldad y la maldad, encarnadas por seres espantosos, repugnantes, híbridos, que por su sola apariencia violan las leyes de la naturaleza. Sin embargo, también la mitología griega está plagada por seres bellos y supuestamente buenos que cometen actos monstruosos, en cuyas historias el amor se transfigura y da lugar a sentimientos abominables, como en la tragedia de Edipo rey, por sólo nombrar un ejemplo.
Si entramos con espíritu crítico al ámbito del monstruo, nos daremos cuenta de que nuestra historia racional se ha impuesto sobre nuestra historia sensible, por lo que esta ha sido rebajada a la mera sensación física y ha sido privada de los valores espirituales que conlleva.


Con base en el engaño, esta maquinaria generó la experiencia de una realidad ilusoria, que tiende a hacernos homogéneos para marginar a todo ser diferente, cuya afirmación más radical se posibilita en el poder de la razón y el orden. Y si tenemos la costumbre de asociar bondad con belleza y fealdad con maldad, entonces tendemos a expulsar todo aquello diferente que no cumple con las normas establecidas.
A juicio personal, hoy en día vivimos en una especie de solipsismo privilegiado, encerrados en una trinchera ilusoria desde la cual invisibilizamos al monstruo.
Pero esta invisibilidad no indica una ausencia de relación; implica relaciones con lo que no está dado, de lo cual no hay idea. La visión es una adecuación entre la idea y la cosa: comprehensión que engloba. La inadecuación no designa una simple negación o una oscuridad de la idea, sino, fuera de la luz y de la noche, fuera del conocimiento que mide los seres, la desmesura del Deseo. El Deseo es deseo de lo absolutamente Otro. (Levinas, 2002, p. 58).
Porque en una crisis existencial somos capaces de sacar lo peor de nosotros mismos. Nos volvemos insensibles al dolor y sufrimiento ajenos, y creemos que como normales privilegiados somos los únicos que padecen los horrores de una violencia sin sentido. Pero no se nos olvide que, de algún modo, como seres intersubjetivos reconocemos lo normal a través y por oposición al monstruo.
Si el monstruo responde a aquel que no somos, entonces nos antecede, ya que gracias a él nos reconocemos como normales. Sin embargo, esta reciprocidad no se da en una situación de igualdad, debido a que no aceptamos al monstruo como uno de nosotros: Porque “Para que la alteridad se produzca en el ser hace falta un ‘pensamiento’ y un Yo” (Levinas, 2002, p. 63). La separación entre los normales y el monstruo evita la trascendencia de los seres humanos que habitamos el mundo.


Técnica: Mixta sobre papel algodón guarro de 300 g
Medidas: cerrado: 32×32×6 cm aprox.; abierto: medidas variables
Año: 2019
Entonces, en la sociedad actual se antepone un yo egoísta que, en cuanto individuo, exige reconocimiento, atención y afirmación, lo que resulta en la indiferencia hacia el monstruo con el que convive, bajo un discurso ególatra y narcisista del mundo que lo rodea. En consecuencia, se vuelve necesario o el reconocimiento del monstruo como ente humano o, mejor aún, lograr la trascendencia al monstruo, ya que la identidad de lo heterogéneo puede tener el esqueleto de un monstruo, pero encarna a un ente que, además de ser inteligente e inteligible, y que, aun con las alteraciones que lo hacen un ser diferente, ¡siente!, porque no solo provoca miedo, sino que también se asusta.
A manera de conclusión, me pregunto, en estos tiempos de inclusión, ¿se puede seguir hablando de normalidad? Quizá seas un afortunado normal que oculta una pequeña anormalidad, pero esa anormalidad puede ser suficiente para que otros normales, más privilegiados que tú, te hagan sentir como un monstruo.
Demian Cruz
Demian Cruz, CDMX (1972). Licenciado en Diseño y Comunicación Visual (ENAP-UNAM), Maestro en Artes Visuales (FAD-UNAM), Doctorante en Artes y Diseño (FAD-UNAM). Especializado en investigación y producción en artes y diseño. Cuento con diversas exposiciones colectivas e individuales. He impartido clase frente a diversos grupos, así como diversas participaciones en coloquios, conversatorios y conferencias en instituciones públicas y privadas. Actualmente soy docente en el Posgrado en Artes y Diseño (FAD-UNAM).
Referencias:
Levinas, E. (2002). Totalidad e infinito. Ediciones Sígueme.
Scheler, M. (1957). Esencia y formas de la simpatía. Editorial Losada.